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miércoles, 17 de febrero de 2016

México me lo confirmó*

Había perdido la fe, lo confieso. No quería acercarme más a una plaza de toros, en donde apenas quedaban los rescoldos de un arte que antiguamente fraguaba lances y muletazos de pedernal. Muy lejos, en mi memoria, aparecían las tardes de César Rincón, Ortega Cano, Joselito, Julio Aparicio, José Tomás o Morante de la Puebla. La pureza del toreo había mudado su piel en beneficio de una danza pétrea, inerte, deliberadamente vacía pero ovacionada con clamor por los nuevos aficionados que empezaban a habitar los cosos. 
Aquí no pinto nada, pensé. Soy un raro que no aplaude, que no se levanta mientras toda la plaza estalla de emoción con el pegapases de turno consumando la tragedia de una faena para el olvido. Empecé a desengañarme, a pensar que la fiesta no me pertenecía y me empujaba a la salida porque ya no merecía sentarme sobre la piedra de un tendido, porque ya no era capaz de emocionarme ni de vivir el runrún de una tarde que habría de ser gloriosa en orejas. Pero, como Curro Romero, no me gusta la casquería, sino la caricia del natural, la embriagadora esencia de una verónica abrochada con una media, como aquella del propio Faraón de Camas en una Beneficencia de Madrid, año noventa y cinco. Recuerdo la tarde y el calor de ese Madrid universitario de los noventa, hasta que un escalofrío recorrió mi espinazo cuando Romero cuajó la soberbia e irreprochable media verónica que sentenciaba la tarde: la tauromaquia, señores, es esto, no busquen más, no pierdan el tiempo con sucedáneos modernos, dijo el diestro con su pequeño capote. Y el momento se quedó grabado para siempre en mi memoria y quizá en la de los veinticinco mil hombres, mujeres y niños que había en el coso, ovacionando la obra. 
Años más tarde llegó la desidia de los toreros, la ruina del arte, la negación de la casta brava, salvada en muy pocas ocasiones por hierros de respetable trapío y bravura. Morante de la Puebla y Alejandro Talavante hicieron olvidar a veces la catástrofe que vivía la fiesta, que a mí me enviaría a un exilio forzoso. El día después de un nefasto festejo en Roquetas (a pesar de que se despacharon montones de orejas y rabos) decidí que no había vuelta atrás. Me apartaría para siempre del espectáculo taurino. Y poco a poco fui, en efecto, desentendiéndome, dejando de leer revistas, de ver y escuchar programas, de hablar con pasión de toros… 
Mientras, la sociedad española se alejaba aún más de la fiesta, los antitaurinos se apoderaban de las redes sociales, los jóvenes eran reacios al toreo, a la sangre, y por supuesto no estaba bien visto ser aficionado. Me sentí extraño, porque ya casi coincidía con quienes alanceaban los toros desde la barrera de la ignorancia, que deseaban su fin, como si fuera un acto justiciero que condenaría a los ejecutores del desastre: los taurinos. Estos eran los culpables de la situación, los que jamás movieron un dedo para defender la lidia en Cataluña, los que garantizaban un toro flojo de remos y de bravura cada vez más menguante. Los taurinos, esa casta vieja y rancia de España que está echando de las plazas a tantos aficionados, eran quienes hacían tambalear las bases de la fiesta.
Pero la vida da vueltas inesperadas. Por motivos de trabajo viajé a Ciudad de México en noviembre del año pasado. Me esperaba la Monumental, el coso de Insurgentes. Al tercer día de mi estancia ya ocupaba una localidad del tendido bajo, como si fuera mi abono de toda la vida, como si me hubiese estado esperando tantos años. La inclinación de la plaza era tremenda, daba vértigo. Y los vendedores ambulantes le daban colorido al ambiente. Allí puedes comer y beber casi de todo. Todo es imponente y me imagino que torear en esa arena bajo el aliento de miles de personas debe ser una sensación pletórica. Sobre todo si triunfas. 
Nada más llegar compré un puro y pedí una cerveza Corona. Sentía que el gusanillo de la afición estaba volviendo. Y de pronto apareció Diego Urdiales, un diestro hecho en mil batallas de corridas duras, pero hoy transformado en artista. Saludó a su primer toro con acompasadas verónicas y ya con la muleta dibujó una faena prodigiosa, con pases tan lentos que los olés de los espectadores retumbaban en la plaza como un eco rotundo. Las series con la derecha estaban preñadas de belleza y torería; los naturales resultaban aún más profundos y auténticos, y mi garganta fluía a borbotones como el río Amazonas, de todos los olés que me había guardado durante estos años. Un pase era mejor que el anterior y los mexicanos estaban exultantes de felicidad. ¡Cuate, hacía tiempo que no veíamos torear así!, me decía un vecino de localidad. Yo tampoco: hacía años que no me levantaba del asiento una y otra vez para certificar que este arte no morirá si un hombre puede domeñar la embestida de un toro creando un arte verdaderamente eterno. 
México, el país que perseguía visitar desde mis primeras bocanadas de aficionado, me confirmó que la tauromaquia es eterna cuando se alían los valores que la sustentan, cuando hay verdad en la plaza. Por eso, cuando viajaba de vuelta en el taxi por Chapultepec y observaba la estatua desafiante de Cuauhtémoc en Reforma, me dije, como en la canción del verano: México me lo confirmó. México me devolvió esa afición que yacía apagada. Que me esperen en Tenampa y en el Zócalo los cuates con los tequilas, porque pretendo volver en cuanto pueda. ¡¡¡Viva México y viva la fiesta de los toros!!!.

*Artículo de Alberto Gutierrez Delgado, es Director de El periodico de tu día
 
 
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