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martes, 30 de agosto de 2016

¿Se torea hoy mejor que nunca?*

Una de las disquisiciones habituales entre los aficionados taurinos es determinar si hoy los toreros manejan mejor los engaños que en otras épocas. La respuesta suele ser afirmativa, gracias a las condiciones de un toro que lo permite y a la proliferación de escuelas taurinas, que han enseñado la técnica a los jóvenes diestros, que ya no han de improvisar frente a la cara de los astados, como los viejos espadas que se curtían en las tapias de las ganaderías. 
La técnica de hoy es superlativa y son varios los matadores que exhiben su poderío y su casi infinita capacidad para sacar petróleo de animales que acaban embistiendo con “calidad”, como se dice ahora. Sin embargo, estos mismos toreros -los casos más paradigmáticos son Enrique Ponce y El Juli-, que aúnan la extraordinaria técnica y los conocimientos del toro, no torean, salvo en contadas ocasiones, con profundidad, cargando la suerte y poniendo, en suma, el alma en cada lance y muletazo. 
El toreo está basado en tres pilares fundamentales: arte, valor y técnica. Los diestros actuales, en su inmensa mayoría, gozan de un altísimo valor y una poderosa técnica, pero carecen de arte. Del arte que despierta el olé rotundo y sentido, el que te levanta del asiento, y no el bullanguero de una feria que aplaude con pasión cuando una montera cae boca abajo o cuando el matador encadena dos circulares seguidos como epítome de la tauromaquia. 
Hay aficionados, entre los que me encuentro, que deseamos, cuando vamos a la plaza, algo más que descubrir las virtudes técnicas de ese torero que mantiene en pie a un toro inválido o alarga la faena diez minutos frente a un animal descastado recetando insustanciales pases desencadenadamente, como Django
La tauromaquia, ya lo decía Antoñete, es de arriba a abajo y de adelante hacia atrás. Y cargando la suerte. Por eso, José Tomás, que ha toreado mejor que nadie pero no se ha distinguido por la mejor técnica, provoca ese furor entre los aficionados. El madrileño se entrega a la pureza del natural, del trincherazo, de la mecida verónica y los cosos, claro, estallan de júbilo. La tauromaquia actual se ha convertido en una fábrica de pases en donde el matador se alivia echando afuera la embestida, poniéndose de perfil y empleando pico de muleta, con la sorpresa -al menos para el aficionado- de que el público puede tributarle grandes ovaciones. De manera que esto es lo que hay. ¿Se torea hoy mejor que nunca? Con más técnica y, añadiría, con más argucias, desde luego que sí. Pero en absoluto se torea mejor.

*Artículo de opinión de Alberto Gutiérrez Delgado, publicado en Al otro lado de Aqaba. Gutiérrez Delgado es periodista y Director del Periodico de Tu Día


 
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