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domingo, 7 de mayo de 2017

La liturgia de Sevilla*

El jueves estuve con mi mujer en la Maestranza de Sevilla y vimos a Morante, Talavante y David Mora, pero antes recorrimos las calles de la ciudad, almorzamos en un sitio estupendo el mejor atún que he probado nunca –atención al morrillo-, en la taberna La Sal, y acabamos admirando la catedral y la Giralda desde la terraza del hotel Eme, mojito en mano, como señores que llegan a la capital con hambre de momentos gloriosos. 
Mi buen amigo Juan Pérez Alarcón, alma de este blog, me invitó a escribir unas líneas sobre el festejo aunque él ya se encargaría de diseccionarlo bajo la lupa de su exigente afición: no se le escapa una. Y eso que a veces le digo, medio en broma medio en serio, que debería volver alguna temporada a nuestra andanada del 7 de Madrid, donde de estudiantes cultivamos la afición entre los gritos de algunos: “¿a quién defiende la autoridad?”, “¡toro, toro, toro!”, etc. Entonces éramos jóvenes y divertidos, como dice un amigo mío. 
Los sevillanos viven su feria como la ceremonia más importante del siglo y así caiga el sol más infernal sobre la Tierra ellos permanecen ataviados con sus trajes y corbatas, lo que le confiere al asunto una pátina de liturgia que trasciende el ruedo y los convierte a ellos mismos en coprotagonistas del espectáculo. El jueves el espectáculo tuvo lugar principalmente en la arena y fundamentalmente en los tres primeros toros de la tarde, de Núñez del Cuvillo.  
Morante dibujó el natural con profundidad, pero con intermitencias, y le pidieron la oreja que el presidente negó con acierto. Hoy por hoy nadie torea con mayor pureza y emoción que Morante, al que le tocó en segundo lugar un astado cuya mansedumbre solo le permitió banderillear con más entrega que lucimiento. 
Si ese primer toro tuvo nobleza en la embestida, el oponente de Talavante aún regalaría mejores momentos que el extremeño habría de aprovechar a medias. Interpretó excelentes naturales, le concedieron una oreja, pero al conjunto de su obra le faltó pausa y poso. El diestro no termina de pisar el acelerador y parece que todo lo fía a su mano izquierda. En mi opinión le falta entrega y corazón. Con el rajado quinto de la tarde no tuvo muchas opciones. 
A David Mora no le había visto nunca en directo. Correcto en el manejo de los engaños, se enfrentó con un encastadísimo toro que hizo tercero de la tarde, y la faena aunó emoción, quizá más por las vibrantes embestidas del buen ‘núñezdelcuvillo’, y alternó algunos pases largos. Cosa muy distinta es la hondura, el toreo de arriba abajo, de adelante hacia atrás. Mora se mostró agarrotado y el trasteo fue perdiendo brillo hasta que falló con la espada. Con el sexto tampoco dispuso de demasiado material. 
En fin, una tarde entretenida en la Maestranza siempre es un reconstituyente para la afición y para el ánimo. Más aún si antes te has perdido por las calles de la ciudad y has disfrutado como un niño con la exquisita manduca llegada de Zahara de los Atunes. Sevilla, con toda su belleza y su liturgia dentro y fuera del ruedo, es una cita ineludible para el aficionado.

*Artículo de Opinión de Alberto Gutiérrez Delgado, empresario, periodista  y aficionado a los toros
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