Toreaba Rafael el “Gallo” en Madrid. En su primer toro hizo, además de su conocida “espantá”, una de las peores faenas de su vida torera. Llovieron almohadillas, y el público se hartó de gritarle.
Cuando el “Gallo” decaído por su suerte, volvió junto a la barrera, Vicente Pastor, que lo apreciaba mucho, se creyó obligado a consolarle. Y así, le dijo, con tal fin:
- ¡Hay que ver cómo está el público esta tarde, Rafael!...
A lo que el “Gallo” le respondió con viveza:
- Para vosotros, colosal. ¡Ya los he “dejao” a “tos” roncos”!.
Rafael Gómez Ortega fue un personaje pintoresco, desprendido y generoso,
con una vida azarosa, plagada de divertidas anécdotas. Pero fue sobre
todo un torero de gran calidad, incluso genial, de estilo elegante y
variado. Dio pie a un arquetipo de torero-artista, genial e irregular,
que alternaba estrepitosas espantás («prefiero una bronca a una corná»,
solía decir) y tardes de enormes triunfos con aquellos toros que le
gustaban. Fue el primer torero de primer nivel que se negó a torear
ciertos toros, que incluso los dejaba marchar vivos, con el consiguiente
escándalo aunque el público se lo toleraba todo.

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