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martes, 17 de noviembre de 2015

Diego Urdiales, un pedazo de torero*

Apenas llevaba cinco días, por motivos de trabajo, en México DF, una ciudad inabarcable, caótica e intensa en todos sus matices, cuando llegué a la plaza Monumental junto con Alfredo Cervantes, mozo de espadas del diestro José Mauricio, que también vino acompañado de su mujer, Cecilia, y que actuará el próximo viernes. Alfredo es amigo de Benjamin H. Montanari, quien nos puso en contacto hace unas semanas. Desde el principio todo fueron atenciones y un trato excepcional, como si nos conociéramos de toda la vida. Gracias, Alfredo, por tu increible hospitalidad y gracias, Benjamin, que sé que me tendrás un poquito de envidia… 
Presenciar un festejo en la Monumental era para mí una asignatura pendiente, un hito que cualquier aficionado anhela. Y eso que estos dos últimos años mi afición se había evaporado casi por completo. Pero entrar en los tendidos del embudo, contemplar ese impresionante coso que inauguró Manolete y disfrutar de un ambiente único ha sido una experiencia inenarrable. 
Más aún cuando en una tarde como la de ayer un diestro como Diego Urdiales hizo el toreo, dibujando la faena de mayor enjundia que he visto en los últimos quince años. 
El torero español confirmó alternativa con un toro de Bernaldo Quirós de embestida pastueña y templada, dándole replica con una tauromaquia de mucho empaque, hundiendo los riñones, desmayando la figura, rompiéndose en cada trance. ¡Qué pedazo de torero! La Monumental pegó unos olés que retumbaban, como pocos he oído en mi vida. Y nos desgañitábamos todos los espectadores después de cada tanda. Porque Urdiales toreó con una lentitud extraordinaria, templadísimo, gustándose en cada cite y al abrochar las series. He visto poco a este diestro, pero se le nota a la legua el poso y la madurez de los años, que le han dado serenidad y un gusto exquisito. Lejos quedan los leones, las corridas duras, por fortuna. La pena fue que falló en la suerte suprema, y la magnifica obra, que me recordó por momentos a Aparicio y a Morante, no es que se difuminara pero sí perdió el brillo que concede la Historia. Porque en mi opinión, de haber matado bien a la res, hoy estaríamos hablando de la memorable tarde de Urdiales en la México. Este gigante del toreo me ha devuelto la afición y así se lo dije al terminar el festejo, cuando los coches de las cuadrillas atraviesan el largo túnel de la plaza, donde los aficionados, entusiastas y muy apasionados, aguardan para felicitar a los matadores. 
El otro protagonista fue Fermín Rivera, un torero alto, curtido y valiente que cortó una oreja por una faena de aguante, muy cerrado en tablas con un manso al que le ganó la pelea. Con oficio y recursos, con arrojo y técnica y ese pundonor de los que no quieren perder la partida. Una oreja de peso, aunque hubo algunos aficionados que la protestaron. 
La plaza, que no estaba llena, pero que albergaría unos diez mil espectadores ofrecía en los tendidos la colorida venta de todo tipo de alimentos y bebidas. En ocasiones la afición me resultó parecida a la española, incluso a la madrileña, pero con una menor exigencia, pues el toro aquí es más terciado. Sin embargo, ovacionan a los toreros cuando tienen que ovacionarlo, son justos en el adjetivo y generosos en el aplauso, y duros cuando se produce un divorcio entre el matador y el respetable. 
Tal sucedió con Armillita IV, que apenas está hecho y a pesar de ello va a torear aquí dos tardes más esta temporada. En una de sus faenas gesticuló como diciendo que no podía hacer nada. No tuvo oponentes claros, pero por supuesto que pudo hacer más, si hubiese echado toda la carne en el asador. Un torero jamás se debe quejar, sino poner argumentos sobre la arena, y sobre todo en un ruedo en donde el triunfo te catapulta al estrellato. 
No termino sin hablar del rejoneador Alejandro Zendejas, que realizó algunas piruetas con sus bonitos caballos pero que no conectó con el publico. Un publico que salió de la plaza toreando, recordando los naturales profundos de Urdiales, el diestro al que Curro Romero prodigó cariñosos adjetivos y que está llamado a ser un figurón de la Fiesta. Lo dicho, un pedazo de torero.

*Crónica y foto de Alberto Gutierrez Delgado.  
 
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