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martes, 2 de julio de 2013

Curro Romero: «Es fundamental que no haya muchos ignorantes en la plaza porque la ignorancia es atrevida»

Ayer salió publicada en el Correo de Andalucía una entrevista a Curro Romero, realizada por el periodista Antonio Oliver, la cual os dejo para su lectura. Algunas reflexiones resultan interesantes.
 «El salón está abierto a los jardines por un enorme ventanal y la luz de media tarde, casualidad, proyecta una aura luminosa sobre la figura sentada del matador de toros que, en un gesto natural, casi en un desplante, da la espalda al tropel de claridades que inunda la estancia. A su izquierda, una mesa y en la mesa una foto, la de un toro que embiste mientras Curro Romero lo recoge en media verónica de la que, seguramente, salió andando muy despacio para poner la plaza boca abajo. Evocación. Tarde de toros en Espartinas donde el rumor ronco o festivo de los tendidos y el estremecedor anuncio de los clarines se trueca, a lo lejos, en voces de niños que juegan y forman algarabía. 
Curro hace memoria: “Cuarenta y un años. Cuarenta y una ferias de Sevilla, es mucho tiempo. Es la vida entera y, sin embargo, para mí ha sido visto y no visto. La mía es una profesión de una grandeza tremenda y dura, muy dura. Te enfrentas a un animal bello y potente que, si te echa mano, te puede hacer mucho daño”. “Cuando lo pienso siento que he gozado, que he sufrido mucho, y que todo se me ha ido en un suspiro, con una rapidez enorme”, prosigue. “Lo echo mucho de menos, pero soy consciente de que todo llega y todo pasa y hay que saber parar. Yo paré, paré tarde aunque, si uno lo piensa, nunca es tarde si tienes la misma ilusión que un novillero. Cuando me fui tenía la misma que cuando empecé”. 
De sus palabras y del gesto, resignado y consciente, se desprende una realidad que verbaliza sin titubeos: “En el año 2000, iba a cumplir sesenta y siete años, tenía fuerza en las piernas pero me daba miedo dejarme ir detrás de mis sentimientos y que ocurriera un disparate. A veces no eres consciente y te comportas como si fueras un chaval. Yo no pensaba irme pero ese día Dios me iluminó y dije: Se acabó”. Curro Romero se fue por sorpresa, ni él mismo lo sabía. Se fue de repente y en silencio: “Siempre dije que me iría en silencio y así me fui. No creo que tuviera que hacer una despedida ni cosas así, no tenía que despedirme de nada. Fue en una plaza pequeña, como la plaza en la que empecé. Una plaza de pueblo. Yo no era consciente de que iba ser la última tarde. No pude pensar nada especial ni darle muchas vueltas, porque no sabía que allí se terminaba todo. Fue después”. Curro revive con precisión la tarde aquella en la que cayó el telón: “Después de acabar el festejo un periodista de Radio Nacional, Román, me pidió que lo atendiera en su programa. Tenía que ser en directo y desde un teléfono fijo. Me fui a casa pronto. Llegué a las ocho de la tarde y hasta las diez no tenía que hablar con Román. En la soledad de mi casa, yo solo, pensé si no sería el momento de decir basta. Lo pensé y lo hice. Al tomar la decisión, y sobre todo al decirlo, me emocioné. Sabía que, una vez dicho, ya no había vuelta atrás. Lo dije de verdad y para siempre. Era consciente de que no tenía edad para descansar un año y volver después. Además esa temporada tuve algunas tardes de las mejores de mi vida. Sevilla, Jerez… Tardes maravillosas. Era el momento”. La vida de un torero se cuenta por tardes, por toros, por plazas. Sevilla, Madrid: “Las plazas donde se han visto toros y con grandes aficionados en el tendido, son las preferidas de los toreros. Esas aficiones conocen al torero y responden en cuanto hay algo interesante, algo de valor. Hay respeto, porque saben de lo que va, eso es muy importante cuando estás delante de un
toro. Es fundamental que no haya muchos ignorantes en la plaza porque la ignorancia es atrevida. Las plazas con aficionados que entienden son un gusto”. “Sevilla creo que se lleva el gato al agua todavía. En Sevilla se juntaba gente muy relacionada con el toro y que sabía bien de qué iba nuestra fiesta. Madrid también era una plaza muy importante para nosotros, para los toreros –Curro, ahora, habla en un pasado casi remoto. Su vista se va al techo como mirando muy lejos– a mí me querían mucho, tanto como aquí en Sevilla. He sido un torero de Madrid. Esa plaza fue importante pero, lo tengo que decir así, se ha venido abajo. Ha nacido una nueva afición. En mis tiempos había aficionados mayores, a los que daba gusto escuchar hablando de toros porque sabían de qué iba, pero el nivel de aficionados ha ido menguando. De todas formas Madrid, con los toreros valerosos, se ha volcado siempre y ni qué decir con los toreros artistas, enseguida conectábamos con el público y eso para un torero es una maravilla. Conectar pronto con un público es muy bonito, eso hay que vivirlo. Notas que te ha comprendido, que entiende el mensaje que lanzas.
El toreo es sentimiento y si logras transmitirlo al aficionado sensible que hay en los tendidos, sientes algo muy grande, esas son las cositas buenas que quintan el sentido”. La relación de Curro Romero con el público ha sido, sin embargo, muy singular y ha ido, muchas veces, de la lumbre al frío. Ha pasado de la adoración a la cólera: “He sido un torero muy irregular. Irregular porque dependes de un animal, de un toro, que no obedece y que no siempre permite que puedas interpretar lo que llevas dentro. Hay toros que no te dejan expresar eso y cuando he tenido ese toro que no me dejaba, ¿qué he hecho? Tirar por la calle de en medio. Lo intento de una manera y de otra y si no puede ser, lo que hago es abreviar. Abreviar, porque sé que no puedo hacer nada de lo que siento, y si no lo siento no merece la pena. Hacer como el que hace, es darse coba a uno mismo. Para eso no valgo. En ese sentido no me he traicionado nunca en la vida, aunque se hundieran el cielo y la tierra. Lo he hecho en todas las plazas, en las más difíciles, donde más fuerte me podían dar. Primero soy yo y segundo y tercero soy yo. Eso sí, cuando un toro respondía, ahí estaba yo. Entonces venía la entrega y ahí acababa todo”. Como muestra un recuerdo y dos tardes consecutivas en Madrid. Una terminó en el calabozo y otra a hombros y formando un lio de júbilo. Curro lo explica: “Esta profesión de torero es distinta a todas. De un toro a otro pasan cosas que son un misterio y que hacen que, de querer matarte una tarde, se pase a otra en la que la gente se tira de los tenidos y te encumbra. Esas cosas las hacen, modestia apar te, ciertos toreros capaces de producir esa magia que lo cambia todo. Es algo distinto, un misterio. Vamos a dejarlo en un misterio, porque es muy difícil explicar el arte de torear”. Es difícil pero Curro se acerca mucho cuando le preguntamos qué es más difícil, negarse a matar un toro o ponerse delante y torear despacio: “Es más difícil torear despacio, acariciar. Uno torea despacio porque no quiere que se acabe nunca. Quieres pasarte el toro en esas distancias en las que tú mandas. Ni que te arrolle ni pasártelo largo, que mandes tú. Sentir tus muñecas, tu cintura. Torear con todo, desde el pelo hasta el dedo gordo del pie. Eso crea una plasticidad, una armonía entre toro y torero, única. Es un arte fugaz pero, a la vez, de una fuerza tan grande que se queda en la retina. Afortunadamente yo soy un hombre de estrella. Tuve esas cualidades, o las tengo, y eso es una suerte tremenda pero – ahora el torero parece pedir disculpas por ese don- yo no tengo culpa de nada”. Mucho que ver con esos momentos de felicidad en el albero, de esa magia, la tiene el toro: “Mi relación con el toro ha sido buena, muy buena. El toro además de belleza, creo que es el animal más noble, es el más noble que hay en la tierra. Un toro, desde que sale a la plaza, se está defendiendo. Después de una faena con todo lo que supone, al final, con tu muletita lo llevas y lo traes. Creo que, con otro animal, no sería posible”. ¿Cómo se ha sentido más realizado, con el capote o con la muleta?: “Eso es como el cante. Se dice de un cantaor que canta por seguiriyas, que canta por esto, por lo otro. El que canta de verdad, canta por todo. Yo toreando me he sentido bien con todo. Quizás haya toreado más toros con el capote que con la muleta, porque el toro de salida tiene más fuerza y se desplaza mejor pero, sentirme, me he sentido igual. No me ha gustado la suerte de matar. Ahí no me he recreado nunca. No, no me gusta. Sin embargo, cuando veo matar un toro bien matado, despacio, me gusta, pero hacerlo yo, no. A la hora de coger la espada me cuesta, no va conmigo”. ¿Los toros ahora son diferentes?: “En mis tiempos el toro envestía mucho, tenía mucha movilidad. Era otro toro. He llegado a torear alguna corrida en la que la vara de picar no tenía cruceta y en la que había tres quites. Se le cortaban las orejas a casi todos los toros. Increíble. No era el toro grande que han sacado ahora, con muchos kilos y poca movilidad. Es enorme y el animal no puede. Con ese toro los toreros exponemos menos. El toro que tiene movilidad es el que tiene peligro”. El arrastre de un buen toro deber ser un momento especial pero Curro no se ha emocionado nunca en un arrastre: “En el arrastre no, yo me he emocionado toreando. Me he emocionado con las cosas que salían allí en la arena, entre el toro y yo, de las cosas que me salían de dentro y podía rematar plenamente. De eso sí me acuerdo. Se me ponía muy extraño el cuerpo, como si no pesara. Muy extraño. Ahí es donde lo entregaba todo. Lo demás es secundario: salir a hombros, las orejas. Lo agradezco pero es secundario. Ahora no sé explicarlo, yo lo explicaba allí, en la plaza con el toro”. Llevamos mucho tiempo hablando y me preocupa alargarme de forma innecesaria, entonces le pregunto por la medida en el toreo: “Un torero, artista por supuesto, tiene que tener un compendio grande de cualidades. Muchísimas. Lo primero, la cabeza por delante. Los sentimientos están ahí, siempre, pero la cabeza tiene que ir por delante. La medida es la medida en todo, y en el toreo más. Cuando un toro, que ha sido bravo, te permite veinticinco o treinta pases, hay que entrar a matar, aunque la gente diga que no. Belmonte, después de dar veinte pases, cuando le pedían más, decía: venid mañana otra vez. Así es. En el toreo hay cosas que no se pueden alargar ni aunque la gente lo pida con insistencia”. Curro Romero, muy pausado, hace un hilván y vuelve a ligar en su discurso, con maestría, dos artes y un concepto: “El toreo y el flamenco van de la mano. Son sentimiento puro. El cantaor, como el torero, que llega al público de verdad te vuelve loco. El que es artista domina la técnica pero, además, tiene esa cosa que no sabemos bien lo que es, el arte. El que lo tiene, lo tiene. Que me perdonen los toreros y los cantaores pero lo que no se puede es cansar a la gente. Cuando no hay arte y se sigue dando y dando no se va a ninguna parte. Si un torero te pega sesenta pases y ves que allí no pasa nada, te puedes hasta dormir, por mucho que insista no pasa nada. Eso no puede ser. Volvemos a lo mismo, es la medida. El torero y el cantaor de arte, enseguida conectan con la gente. La persona que no tiene eso cree que lo puede conseguir a base de cantidad y se equivoca”. 
Terminamos y, afortunadamente, parece que supimos medir los tiempos y que, habiendo hablado de muchas cosas, nos quedaron curiosidades y preguntas. Nos hubiera gustado seguir pero, como acabamos escuchar: más no quiere decir mejor. Curro Romero, nos despide en la puerta de su casa y salimos con la certeza de que un torero como él, aunque no se ponga delante del toro, no se retira nunca. Sigue trazando lances inverosímiles que convergen, sin posible error, en ese redondel íntimo donde, a solas, sigue haciendo el paseíllo, masticando el miedo y citándose con la gloria. Para esa locura, felizmente, no hay remedio.»
 
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